Este texto es fruto de la imaginación, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
«La libertad es el derecho de hacer lo que no perjudica a los demás», Voltaire
En el centro de un mapa que nadie había terminado de dibujar, existía una superpotencia llamada Pueblos Fundidos. No era la más antigua ni la más sabia, pero sí la más ruidosa. Y al frente de Pueblos Fundidos estaba Crank, un líder convencido de que el mundo era un tablero mal jugado… por todos menos por él.
Crank no creía en normas, solo en resultados. Los acuerdos internacionales le parecían cuentos para débiles, las alianzas, ataduras innecesarias. Cuando un país dudaba de sus decisiones económicas, Crank no debatía: sancionaba. Cuando protestaban, bombardeaba. Y si persistían en su desacuerdo, invadía con la seguridad de quien cree estar corrigiendo un error histórico.
En su despacho, rodeado de pantallas y mapas marcados con líneas rojas, Crank vivía en un estado constante de irritación. Cada informe que no coincidía con su visión era descartado como incompetente. Cada asesor que sugería prudencia era sustituido. “No entienden nada”, repetía, como un mantra que lo protegía de cualquier duda.
Fue uno de los pocos asesores que aún no había sido despedido quien, con cautela, se atrevió a sugerir algo distinto.
—Señor —dijo una tarde, evitando su mirada directa—, tal vez debería probar con el ajedrez. No como estrategia… sino como distracción. Para obligar a la mente a pensar en otra cosa, aunque sea por unos minutos.
Crank frunció el ceño. La idea le pareció, en un primer momento, trivial. Pero había algo en ella —quizá el hecho de que implicaba control, cálculo, dominio— que despertó su interés.
Aceptó.
Mandó traer un tablero de madera oscura, con piezas pesadas y perfectamente talladas. Al principio jugó contra programas que le dejaban ganar con facilidad. Aquello le resultó satisfactorio. Ver caer al “rey” contrario, aunque fuera simbólico, le producía una calma breve pero intensa.
—¿Lo ve? —insistió el asesor—. No todo es conflicto real.
Pero Crank pronto se aburrió de ganar sin esfuerzo. Exigió rivales mejores. Primero asesores. Luego expertos. Finalmente, jugadores que no se dejaban impresionar por su cargo.
Y entonces empezó a perder.
Al principio fue una derrota aislada. Luego otra. Después, varias seguidas. Cada error en el tablero lo vivía como una traición de la lógica. Cada jaque inesperado le parecía una provocación personal.
—Esto no tiene sentido —gruñía—. Están jugando mal.
Pero no lo estaban.
Cuanto más perdía, más se obsesionaba. Pasaba horas analizando partidas, intentando encontrar fallos en los demás en lugar de en sí mismo. Su frustración crecía, se acumulaba, se desbordaba.
Y como no podía castigar al ajedrez… castigaba al mundo.
Las decisiones empezaron a volverse más bruscas, más inmediatas. Un desacuerdo menor con un país pequeño se convertía en sanciones desproporcionadas. Una crítica diplomática terminaba en bombardeos. Naciones que apenas tenían peso en el tablero global se convertían en objetivos fáciles para descargar su rabia.
—Si no puedo permitir errores aquí —decía señalando el tablero—, tampoco allá fuera.
El asesor que había sugerido el ajedrez observaba en silencio cómo la idea, nacida como un intento de aliviar la tensión, se había transformado en otra fuente de conflicto.
Una noche, tras una derrota especialmente humillante, Crank volcó el tablero. Las piezas cayeron al suelo con un sonido seco que resonó en toda la sala.
Respiraba con dificultad. Miró sus manos temblorosas. Luego, lentamente, alzó la vista hacia el gran mapa en la pared.
Durante un instante, los dos tableros —el de madera y el del mundo— parecieron el mismo.
Pero mientras en uno las piezas podían volver a colocarse… en el otro, cada movimiento dejaba cicatrices irreversibles.
—Retiren esto —ordenó con voz fría.
El tablero desapareció al día siguiente.
Pero no así el problema.
Porque Crank nunca había aprendido a perder. Y mucho menos, a entender por qué perdía.
Y así, mientras el mundo intentaba recomponerse de sus jugadas, él seguía convencido de que la única estrategia válida era no admitir jamás que había otro modo de jugar.
